Obsesiones

Día 1 
Salí a mi pequeño patio, el que está frente a mi casa, porque también tengo otro pequeño patio detrás. Ambos para mí son mágicos y fundamentales. Pero esta vez desperté y fui directamente al patio de adelante. Me senté con el termo y el mate en  el banco blanco de madera que se encuentra frente a una fuente de agua que armé el verano pasado. La luz se filtraba entre las enredaderas y las ramas del árbol de la vereda. Todo era perfecto. Ni frío, ni calor, ni mosquitos…sólo lo necesario. Hasta que apareció la vecina y su reclamo de siempre: “Cuándo podará este árbol? No hace más que ensuciar mi vereda” , la miré sonriente, lo cual generó en ella un gesto aún más agrio que el que ya tenía en el rostro, y le respondí: “No es la época. De todos modos quédese tranquila, el otoño es así y en verano su hijo agradece la sombra de este árbol ya que resguarda su auto del calor”…Sin saludar entró a su casa y salió con su escoba, su palita y una pava de agua caliente para despegar mejor las hojas de la vereda. Por suerte ella tiene ese tiempo y es capaz….porque yo no lo soy, no me siento con la capacidad de perder tiempo barriendo la vereda. Me coloqué los auriculares  mientras seguí disfrutando de mi patio.
 
Día 2
 
Llegué de tardecita a mi casa del trabajo. Preparé unos mates reparadores y me dirigí al patio de adelante. La tarde se presentaba fresca y soleada, luego de la lluvia torrencial del lunes. ¿Y adivinen qué?…siiii …¡¡la vecina nuevamente!!…Esta vez no me vio, ya estaba en plena acción, muñida de su escoba, la pala y la pava de agua bien caliente. Esta vez, no quise abstraerme de ese cuadro, me senté a contemplarlo, aprovechando la ventaja de pasar desapercibida. Barría con furia y pasión  las hojas que se hallaban adheridas por la humedad las despegaba con la ayuda del agua hirviendo que vertía de la pava. Y arremetía con mayor intensidad, como si se tratara de algo muy personal, íntimo y profundo. ¿Qué deseo ferviente se había apoderado de esa mujer? ¿Qué anhelos, frustraciones y ansias ocultaría? ¿Qué necesitaría barrer y despegar de su propia vida? ¿Qué ocasionaría tal obsesión?¿Cuál sería su secreto? ¿Dónde se le negaría  volcar tanta energía, deseo y  pasión?… Muchas preguntas, ninguna respuesta. Esta vez no pude ser  indiferente, una empática melancolía me inundó, me vi en parte reflejada en ella.

IMG_20170116_18183790210384222_891555234204868_7276978687263526058_n

Frente al espejo

Mi relación con el ropero es algo extraña. Fluctúa entre un entendimiento casi telepático a un desencuentro casi irremediable. Cuando nos conectamos, el jean que me sienta mejor aparece en la parte de arriba del cajón y la camisola ideal para los días de otoño se deja entrever entre las demás con una iridiscencia casi inconfundible, planchada y sin manchas. Los zapatos se ajustan cómodamente a mis pies y las medias están limpias, sin remiendos ni correduras. La ropa interior es la apropiada para pasar desapercibida debajo del conjunto elegido.
El problema se presenta en esos días en que siento que nada me queda bien, cuando el reflejo del espejo me devuelve una imagen desagradable. En principio mis cabellos, que a esta altura de su proceso no están definidos, ni corto, ni largo, ni lacio, ni enrulado. Luego la hinchazón del rostro, las manos, el vientre y los pies….ahí radica el verdadero conflicto, nada de lo que se halla colgado, en estantes y cajones se adapta a las formas. En definitiva nada me sienta. Y lo que antes estaba prolijamente atesorado en mi ropero, sin saber cómo, aparece desparramado en el piso, el sillón, la cama, el escritorio. En ese preciso instante advierto que llegaré tarde al trabajo, elijo al azar cualquier prenda, las botas infalibles, me lavo la cara, me miro al espejo y me gusto. Después de todo ¡es lo que hay!.