“Cuando era pequeña y subía a la terraza comunitaria de mi edificio a recoger la ropa que mi madre había tendido, me resultaba inevitable chusmear entre las sábanas de otros, ver si utilizaban broches o no para colgar las prendas, mirar si separaban la ropa de color de la blanca, como siempre repetía mi madre. Resulta un tanto irrespetuoso hacerlo, pero por otro lado, asomarme sin permiso a la vida de mis vecinos me permitía sentirlos más cercanos. Todas aquellas cuerdas blancas con calzones, corpiños, calzoncillos, pijamas, pantalones y camisetas creaban, en conjunto, una identidad. Ya de más grande la misma tradición me avergonzaba, nos habíamos mudado a una casa con poco fondo y a mi madre le encantaba colgar la ropa en una cuerda que atravesaba todo el jardín delantero. No entendía su obsesión ¡teniendo la posibilidad de comprar un secarropas y colgar en un tender pequeño!. Recuerdo evitar invitar a mis amigas a casa por temor a que se burlasen de mí. Qué estúpida puede ser la ignorancia, yo no sabía de tradiciones familiares, ni de costumbres lugareñas transportadas a otros sitios, solo creía que era indecoroso mostrar las prendas en un tendedero.
¿Qué puede haber más decoroso que tener tu propia cuerda para colgar tu ropa al sol?
Sin duda, pasado el tiempo de las apariencias, esas banderas cotidianas en las que transcurren la vida, son para mí la patria heredada”
palabras de Francesca en “Tulipano negro”
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