No conozco su nombre ni su edad. Tampoco sé nada de él, solo que hace más de 20 años se dedica a limpiar los parabrisas de los autos que se detienen en el semáforo de aquella ruta que me condujo a la escuela donde trabajaba, durante 15 años.
Siempre que me veía venía a limpiar los cristales, tuviera o no dinero para ofrecerle a cambio. Siempre con una sonrisa amplia y agradecido, con una bendición para mi día.
Ya hace 5 años que tomo ese camino solo para visitar a mi amiga.
Ayer volví a pasar por ahí, al verme, corrió a saludarme y a limpiar los cristales: “tanto tiempo sin verla!, qué alegría que se encuentre bien! Dios la bendiga”
Y sin necesitar armar un árbol navideño, tomé ese gesto como un guiño del cielo.

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