Ya les comenté sobre mi extraña relación con el ropero. No podrán creer lo que me ocurrió hace unos instantes. Me dispuse a descansar y cuando estaba a punto de dormirme comencé a escuchar ruidos extraños, agudicé mis sentidos y pude percibir el cuchicheo entre el ropero y la cómoda antigua que adquirí en el compraventas. Fue una sensación increible. La cómoda se quejaba de mi desorden y de la sobrecarga que estaba tolerando, el ropero manifestaba su complicidad con aquel vestido de lanilla que rechacé los últimos dos inviernos y que según entendí se había deslizado de la percha para esconderse en un rincón del mueble, a sollozar su abandono.. Los jeans del último cajón reclamaban sentirse más exigidos desde que aumenté de peso, los escuché cómo cambiaban su lugar con la calza y el jogging azul. La cómoda reboleó remeras y musculosas y el ropero las amontonó junto a los zapatos. De repente todo estaba cambiado, revuelto. Caótica realidad ante mis ojos. El espejo parecía regodearse de lo que estaba aconteciendo, ya lo hacía cada vez que me devolvía una imagen, esa imagen que no era la esperada.
Sorpresivamente una caja con un sombrero cayó de lo más alto del ropero y logró traerme de mi pesadilla. Era mi capelina roja favorita. Esa tarde no dudé en salir luciéndola y agradeciendo estar viva.

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