Mi relación con el ropero es algo extraña. Fluctúa entre un entendimiento casi telepático a un desencuentro casi irremediable. Cuando nos conectamos, el jean que me sienta mejor aparece en la parte de arriba del cajón y la camisola ideal para los días de otoño se deja entrever entre las demás con una iridiscencia casi inconfundible, planchada y sin manchas. Los zapatos se ajustan cómodamente a mis pies y las medias están limpias, sin remiendos ni correduras. La ropa interior es la apropiada para pasar desapercibida debajo del conjunto elegido.
El problema se presenta en esos días en que siento que nada me queda bien, cuando el reflejo del espejo me devuelve una imagen desagradable. En principio mis cabellos, que a esta altura de su proceso no están definidos, ni corto, ni largo, ni lacio, ni enrulado. Luego la hinchazón del rostro, las manos, el vientre y los pies….ahí radica el verdadero conflicto, nada de lo que se halla colgado, en estantes y cajones se adapta a las formas. En definitiva nada me sienta. Y lo que antes estaba prolijamente atesorado en mi ropero, sin saber cómo, aparece desparramado en el piso, el sillón, la cama, el escritorio. En ese preciso instante advierto que llegaré tarde al trabajo, elijo al azar cualquier prenda, las botas infalibles, me lavo la cara, me miro al espejo y me gusto. Después de todo ¡es lo que hay!.

2 comentarios en “El ropero y yo (primera parte)

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