El fragmento que compartiré versa en torno a la vida de Juan Carlos, nuestro protagonista, junto a Tita y Alejandra de “El viaje de la rosa”. Para aquellos ajenos al mundo del tango porteño es que realizaré algunas explicaciones.

“fueye”:  es la denominación lunfarda del bandoneón, cuya historia  nació en Alemania y terminó en los arrabales porteños.
Fue creado por Hermann Ulgh en 1835, con el objetivo de difundir la música sacra en lugares abiertos y para reemplazar a los órganos. Pero no resultó. Después de décadas, un fabricante vendió estos instrumentos con las iniciales AA, que más tarde pasaron a ser Vertagh Heinrich Band, armados en el taller Band Union. Este taller dio origen a sus sucesivos nombres: bandunion, bandonion y finalmente bandoneón.

Será por eso que el bandoneón le imprime al tango algo de liturgia y de su clima severo.
Es tan particular que sus posibilidades expresivas permiten de la tonalidad alta del clarinete hasta el clavicordio.

Fiel compañero de todas las penas, tu quejumbrosa voz insufló en el tango otro espíritu.

Curiosamente, la mayoría de los arregladores de tango han sido bandoneonistas. Los que en un principio menos sabían del género pasaron a ser los más conocedores, quizás porque el bandonéon encierra una pequeña orquesta en sí mismo.

2×4: el compás de tango es de 4×4: una corchea para cada tiempo. El archidifundido compás de 2×4 con el que se identifica habitualmente al tango ya no existe y cayó tempranamente -incluso antes de los años ´40- en un total desuso. Solo los primeros tangos fueron musicalizados en compás de 2×4 (dos notas blancas por compás).

Ahora sí el fragmento, acompañado de la propia voz de Juan Carlos…

G

” Afilado con el argot del mundo del tango que hablaba por él, Juan Carlos elegía el lunfardo para matizar sus conversaciones cotidianas, no así sus escritos, en los que volcaba su más cuidadosa prosa.
Jugaba en el espejo a parecerse a Gardel y suspiraba en la intimidad del respirar del bandoneón. Lo deseaba entre sus piernas, aunque debía contentarse con acompañarlo. Fusionaba su voz con ese instrumento que estaba vivo y componía con él un melodioso penar.
Respiraba el bandoneón y su corazón latía al compás.
En cada exhalación un desamor, una partida y un adiós.
Bandoneón que brincó desde algún lugar de Europa al Río de la Plata, donde encontró su hogar. Ventarrón de susurros en su orugar.
Se abría, tomaba aire, se desperezaba y se volvía a encoger en otra queja. Adusto y serio bandoneón del arrabal, entrañablemente quejumbroso y sentimental. Matizaba de grises neblinados su dulce pena de esos días, en su Villa Crespo natal.”

 

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