“Alejandra deambulaba de local en local del centro comercial de su ciudad.
Nada la representaba. Ni los zapatos “ortopédicos”, todos idénticos, de simil cuero, esos que si les agarra una lluvia se deshacen. Ni los vestidos amorfos, ni los jeans para “anoréxicas”.
Las filas interminables para ver una peli, el pochoclo y la bebida Cola obligada, la hamburguesa de dudoso origen, las seudo papas fritas. Nada combinaba con su persona.
Pero ella estaba ahí, como lo había estado la semana anterior y lo estaría la semana siguiente.”

“Todo esto era sinónimo de muerte para Alejandra, se sentía en una cárcel. Encerrada entre pautas androcéntricas, teocéntricas y patriarcales, y una predicción asfixiante de lo que debía ser su futuro, con su rol bien preestablecido; límites y techos generados por una sociedad a la que ella iba despreciando de forma creciente.
Esa tarde, al llegar a su casa, se sentó junto a la ventana, como lo había hecho la tarde anterior, como lo haría la siguiente. Esa misma abertura que la transportaba al exterior solo con el pensamiento. El cielo gris que esperaba la lluvia. La atmósfera baja y asfixiante. Le costaba respirar hondo. Paralizada frente a su propia imagen reflejada en el vidrio.
Si fuese primavera, no la hubiera sentido, ni el aroma a jazmín y madreselvas de su jardín la hubiera despabilado.”

 

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