En esta oportunidad comparto con ustedes fragmentos de mi novela, recientemente concluida…con aires de arrabal y de pueblo de Argentina de 1950, entremezclada con la actualidad. Cartas de amor, poesía y prosa se entrelazan para que el lector se zambulla en tiempo y espacio. Espero que disfruten estos segmentos y que sean libres de comentar, criticar y sugerir. Sandra Defrancesco

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ALMACÉN CON LIBRETA
El almacén de la esquina era el de Don Gentile. Como todo almacén de esta época, más que un comercio donde adquirir alimentos y muchísimos elementos indispensables para la vida doméstica, era, por sobre todas las cosas, el lugar de encuentro de los vecinos. Allí se podían intercambiar recetas, remedios caseros, chismes, ideas, afectos. El almacén de don Gentile te invitaba a pasar un buen rato. Se trataba de un espacio donde se respiraba un aroma a especias, mezclado con olor a embutidos recién traídos del campo. Donde la palabra alcanzaba y era garantía suficiente. Donde los más chicos tardaban más porque debían ceder el lugar al más grande y el más grande tardaba más porque tenía otros tiempos y más también para contar. Un lugar donde Don Carlos, el papá de Tita, todas las tardes, “de pinta”, se dirigía a comprar la fruta lustrada por el mismo almacenero, quién además le daba charla, antes de dirigirse con su traje y sombrero al Club Social, donde el póker y los amigos lo esperaban.
Ese 21 de septiembre, el Gentile abrió su negocio temprano y como de costumbre acomodó los frascos meticulosamente. Tocó la virgencita que tenía ubicada a la derecha de su mostrador, se persignó y recién ahí, hecho el ritual, dio comienzo a la tarea. La familia de Tita, como todas las demás, tenía una hoja en la libreta del almacenero-amigo; aquí la yapa se daba todos los días, en especial a los clientes permanentes. Esa tarde, Tita aprovechó para comprar algo dulce para su sobrina que vendría de visita. Don Gentile abrió la lata (con vidrio redondo por donde se podían ver las galletitas bien ordenadas), colocó un paquete de papel madera sobre la balanza y con una pinza las fue colocando en él. Cuando llegó al peso indicado agregó algunas más diciendo: “estas van de yapa”.
Volvió a su casa contenta junto a Evelia que le hizo compañía, llevando esas “masitas” frescas y sabrosas, y, por supuesto, con algunas más de regalo.

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