Afilado con el argot del mundo del tango que hablaba por él, Juan Carlos elegía el lunfardo para matizar sus conversaciones cotidianas, no así sus escritos, en los que volcaba su más cuidadosa prosa.
Jugaba en el espejo a parecerse a Gardel y suspiraba en la intimidad del respirar del bandoneón. Lo deseaba entre sus piernas, aunque debía contentarse con acompañarlo. Fusionaba su voz con ese instrumento que estaba vivo y componía con él un melodioso penar.
Respiraba el bandoneón y su corazón latía al compás.
En cada exhalación un desamor, una partida y un adiós.
Bandoneón que brincó desde algún lugar de Europa al Río de la Plata, donde encontró su hogar. Ventarrón de susurros en su orugar.
Se abría, tomaba aire, se desperezaba y se volvía a encoger en otra queja. Adusto y serio bandoneón del arrabal, entrañablemente quejumbroso y sentimental. Matizaba de grises neblinados su dulce pena de esos días, en su Villa Crespo natal.

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