Mis pulsaciones bajaron casi en el instante de cruzar la frontera y tuve una extraña sensación: la de regresar a un lugar muy mío. Primero fue el olor a leña humeante, luego el de los eucaliptus. El timbó y su antropomorfa silueta , el ondular de la misma ruta. Todo parecía prediseñado.
Las librerías detenidas en tiempos en que no existían catálogos digitalizados, ni best sellers, ni ebook, ni marketing.
Los señores buscando una prótesis dentaria usada, en la mañana de un domingo en Tristán Narvaja, con tango de fondo, misturado con acordes de Gilda.
El abrazo de personas que parecían conocerme de algún lado. Las charlas interminables con Carla, entonadas con tannat y confesiones.
Las historias de Eduardo sobre las tejedoras que se reunían en los años 20, en la misma glorieta que me albergó en Montevideo, y desde la cual divisaban los navíos europeos que venían cargados de noticias y afectos, y nuevos compañeros.
La ciudad vieja y la simpatía de Bruno ofreciendo su novela.
El Teatro Solís y la calidad de los actores de la Comedia Nacional.
La nieve de espuma de mar, impulsada por el viento, en las aguas agridulces de Piriápolis.
La arena, la palmera, el pino y el ombú. El café de coco y la yerba polvo. El mate bajo el brazo, el silencio, la paciencia. Las emociones compartidas, los anhelos hermanados.
La seguridad de volver algún día cercano.

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