Si mi vida es como un viaje en tren podría decir que mi percepción sobre este viaje ha cambiado drásticamente con los años.
He pasado muchos viajando en el estribo. Preparada para el salto aventurero, o la escapada, la huida de situaciones que no estaba dispuesta a atravesar. Otros fueron transitados sentada, mirando por la ventanilla, de esas metálicas de los trenes de otro tiempo, un paisaje tiznado por el hollín de la locomotora. Mi mirada melancólica y taciturna. Mi cuerpo inmóvil, entregado a los caprichos del destino.
Aún no he llegado a ninguna parte. Me da la sensación que mi estación no está en ningún lugar.
Quizás sea tiempo de ser la maquinista de mi propio tren. De ser la ingeniera de mis propias vías. De ser la arquitecta de mi propia estación.
Mantendría la caldera, el hollín y las ventanillas metálicas.
También los viejos baúles forrados con cuero y estampillas
El jefe de estación, el sonido del silbato y las campanas para anunciar los arribos, para apresurar los besos y las despedidas. Las antiguas oficinas y los relojes enormes. Los andenes de madera, los durmientes de quebracho, los boletos de cartón…
Mantendría toda evocación de nostalgia.
Un tren que vaya lento, que pare en todos los pueblos.
Que las personas me reciban agitando pañuelos blancos.
Que lo arriben pasajeros sin apuros, creadores, locos y soñadores, con el mate bajo el brazo, con sus utopías a cuestas. Que no falte una guitarra y un tambor.
Y yo…su maquinista. La conductora de ese tren. Transitando por mis vías, rumbo a mi estación definitiva.reloj-tren

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